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Juan manual vadillo
En la imagen, el Dr. Juan Manuel Vadillo.

Por Dr. Juan Manuel Vadillo, Director del Máster de Cirugía Implantológica, Prótesis y Periimplantología en el Departamento de Odontología de la Universidad Alfonso X El Sabio (UAX), Madrid; Coordinador Clínico del Servicio de Odontoestomatología del Hospital San Rafael (Madrid); Profesor del Máster de Periodoncia e Implantes de la Universidad de Sevilla; y miembro del Comité Científico de DM Dentista Moderno.

Durante las pasadas vacaciones, recibí un wasap de una compañera para saber mi opinión sobre el uso de procaína como anestésico local en odontología: una paciente había acudido a su consulta demandando el uso exclusivo de dicho anestésico para su tratamiento, basándose fundamentalmente en “criterios personales” asociados a lo que ella entendía que era una “posible menor toxicidad”. 

En ese momento, y a pesar de estar en bañador, rebusqué en mis oxidados conocimientos de farmacología y recordé que la procaína fue durante muchos años el anestésico por excelencia en todo tipo de intervenciones odontológicas, pero tenía los inconvenientes de presentar un período de latencia demasiado largo y un potencial alergénico considerable (por ser tipo éster) y por ello fue sustituida por el que más usamos en la actualidad, que es la lidocaína (tipo amida), o sus alternativas comercializadas como la mepivacaína, articaína o bupivacaína… Además, aproveché los datos ilimitados en mi teléfono móvil y removí varias páginas de farmacología dedicadas al tema para emitir un juicio lo más objetivo y sincero posible para ofrecer a otra dentista que, como yo, buscaba respuestas. Después de todo, le dije que no había usado procaína nunca, que desconocía si la comercializaban por vía convencional en los canales habituales de compra de medicamentos que tenemos los dentistas y que no sabía si realmente en nuestro campo los efectos tóxicos justificarían su uso. Por eso, le indiqué que la opción más fácil sería la de “aconsejar” a la paciente que se dejase anestesiar con lidocaína, que es el que usamos habitualmente y listo. Después de dar esta opinión, reflexioné y me pareció un consejo vago y carente de justificación, ya que estaba basado exclusivamente en “es lo que hago habitualmente” y no tuve en cuenta otros parámetros para emitirla. Por eso, elevé la mirada hacia el horizonte y en paralelo al ocaso del sol me puse a reflexionar, ya que este caso no es el primero ni será el último. 

La reflexión se centró en que los profesionales que atendemos y tratamos a personas, nos encontramos en ocasiones estas disyuntivas en las que los pacientes vienen con unos conceptos predeterminados o unas expectativas definidas y no priorizan ese “consejo” profesional tan fácilmente sobre sus creencias personales o conocimientos previos, basándose en que nuestra “opinión o consejo profesional” no es una indicación real, sino que es solo “un consejo más entre otros que manejan” y como el derecho de autonomía del paciente prima sobre el criterio profesional para poder decidir lo que realmente hacer, no cabe duda de que tenemos que reflexionar y entender que, a pesar de que creamos que nuestro conocimiento técnico y científico sobre nuestra profesión sea inmenso, hoy no es suficiente para poder aplicarlo en nuestros pacientes por sí solo. 

Históricamente, la asistencia clínica se ha desarrollado basándose en dos vertientes complementarias: la de la ciencia y la de la confianza personal. La primera vertiente (la científica), se encarga del conocimiento diagnóstico y terapéutico objetivable y reproducible en los pacientes y la segunda (la confianza), es la que crea un puente intangible e imaginario que conecta dos personalidades diferentes (profesional y paciente) y que busca transferir la experiencia y conocimiento del primero para mejorar y transformar la vida del segundo y que, a su vez, ocasione la retroalimentación positiva para el primero. No cabe duda de que la primera vertiente ha tenido un desarrollo espectacular en los últimos tiempos y hoy poseemos el mayor arsenal terapéutico de toda la historia de la humanidad, basándonos en el impresionante desarrollo de la biomedicina aplicada a la odontología que viene ocurriendo desde el siglo XIX y que nos ha permitido entender que la enfermedad es un desequilibrio del organismo explicado por la existencia de lesiones anatómicas o funcionales causadas por distintos procesos infecciosos, inflamatorios, degenerativos, metabólicos o genéticos. Este gran desarrollo científico y técnico, aunque cierto, no puede hacernos creer que como la segunda vertiente (la confianza con el paciente) no es un hecho objetivable, por tanto, no es necesaria para lograr el éxito clínico... Y por eso cuando aparece un caso de este tipo nos recuerda que la odontología moderna es mucho más que conocer los últimos medicamentos, técnicas quirúrgicas o manejar la última tecnología existente en el mercado… Nos rompe los esquemas y nos hace reflexionar sobre la dicotomía actual en el tratamiento odontológico...

Por un lado, todos los lectores de esta revista sabemos y entendemos que la sociedad actual está inmersa en rápidos cambios (tecnológicos, económicos y sociales) y el individuo tradicional va pasando a ser un “consumidor” inmerso en una sociedad líquida en constante cambio caracterizada por la “incertidumbre del mañana”. Además, la globalización también incluye a la información y a los contenidos y las redes sociales hacen que circulen por el ciberespacio iniciativas, movimientos u organizaciones (buenas y malas), que tienen posibilidades nunca vistas de difusión de sus ideas sin tener necesariamente que validar sus argumentos o información por ningún tipo de filtro. Salvando las distancias, en medicina existen casos extremos de pacientes que se oponen a la administración de vacunas, rechazo de transfusiones o cese de tratamientos contra el cáncer (o su sustitución por terapias alternativas) y solo pueden ser los tribunales quienes pueden decidir a favor del derecho sanitario global o del derecho personal; aunque en el día a día de nuestras consultas no se llega a estas situaciones, empieza a ser frecuente que los pacientes difieran y simplemente rechacen indicaciones clínicas en situaciones más cotidianas, a veces de modo imperceptible para los profesionales: rechazo a la amalgama, a los bisfenoles, a los metales o a ciertos medicamentos o tratamientos... 

Por todo esto, tenemos que asimilar que el uso del reconocido legalmente derecho a la autonomía de los pacientes va en aumento debido a los cambios culturales, el acceso a la influencia de las redes sociales o a la preferencia personal y debemos entender que muchos de nuestros pacientes ya no son precisamente “pacientes”, sino que han mutado hacia ese “consumidor de servicios sanitarios” que exige un nivel de servicios y resultados que en muchas ocasiones no podemos o no queremos ofrecer, terminando habitualmente en frustración o conflicto entre profesional y paciente por no poder o querer cumplir sus deseos o expectativas. 

Por otro lado, también debemos reconocer que parte del problema de la falta de confianza o ausencia de adherencia a los consejos profesionales puede ser causada (en ocasiones) por el propio enfoque clínico asistencial y el alejamiento de la atención personalizada e individualizada entre paciente y dentista. Hoy sabemos que es importante escuchar de manera activa y conocer el otro punto de vista. Hasta en los estudios científicos de los últimos años se está intentando incorporar la llamada “experiencia del paciente” en los procesos clínicos y terapéuticos para conseguir mejorarlos, adecuándolos en lo posible a las circunstancias de vida de las personas en tratamiento y cada vez que se introduce una variación en el proceso terapéutico, se hace también necesario medir sus resultados. Por eso, además de los indicadores biológicos propios de cualquier tratamiento odontológico, se han introducido los llamados PROMs (Patient Reported Outcomes Measures) y PREMs (Patient Reported Experience Measures) que también contabilizan el grado de satisfacción con la experiencia del tratamiento y los resultados percibidos de manera subjetiva por el paciente. No solo hay que evaluar cómo nos parece a nosotros que ha quedado el tratamiento, sino qué le parece al paciente y, sobre todo, si el camino terapéutico que hemos recorrido para llegar al resultado le ha merecido la pena. Parece que el fin no debería justificar los medios en el tratamiento odontológico. 

Resumiendo, creo que para poder desarrollar una odontología de éxito y efectiva basada en la confianza mutua entre el paciente y el profesional, hoy en día no solo es importante lograr un resultado clínico óptimo basado en una adecuada formación técnica y conocimiento científico por nuestra parte, sino que es importante intentar percibir al paciente no solo desde una perspectiva reduccionista de signos, síntomas, patologías o tratamientos, sino también comprenderle integralmente, considerar sus demandas, sus expectativas, sus miedos o simplemente sus sueños y, por supuesto, saber y valorar qué fuente de información consultan aparte de la nuestra. 

Ah, por cierto... Nuestra compañera, tenaz y persistente, consiguió la procaína en fórmula magistral en la farmacia, pero no consiguió asociar el vasoconstrictor de manera efectiva para administrarlo. Tras haberlo intentado, habló con la paciente y ésta valoró su esfuerzo por satisfacer sus demandas. Al final ambas tomaron una decisión consensuada basada en la confianza y prefirieron usar lidocaína como anestésico para realizar el tratamiento. Como dijo Max Planck, “la ciencia no puede resolver el misterio definitivo de la naturaleza, y eso es porque en el último análisis, nosotros mismos somos parte del misterio que estamos tratando de resolver”... Es lo que tiene el hecho de que unos seres humanos tratemos y seamos tratados por otros seres humanos.


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También puede consultar el número 69 de DM El Dentista Moderno 

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